viernes, 30 de junio de 2006

Paradojas de la identidad personal

I

¿Qué decimos cuando decimos “yo”?

II

Esta pregunta es tan antigua como la misma filosofía. Platón ya diferencia entre mi “yo” y todo aquello a lo que llamo “mío”. ¿Pero qué residuo queda tras eliminar de mí todo lo mío? Para algunas corrientes místicas, como el sufismo, por esta vía de la ascesis de lo mío no llegamos al “yo”, sino a la nada, que es la identidad de Dios. Por eso quien conoce místicamente Dios no pude decir de él nada.

III

San Juan de la Cruz:

Yo no supe dónde estaba,
pero, cuando allí me vi,
sin saber dónde me estaba,
grandes cosas entendí;
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo
(…)
Y, si lo queréis oír,
Consiste esta suma ciencia,
En un subido sentir
De la divinal esencia;
Es obra de su clemencia
Hacer quedar no entendiendo,
Toda ciencia trascendiendo.”

IV

En uno de los evangelios apócrifos, conocido como el Evangelio de los egipcios (escrito hacia el 150) se lee: “el alma es difícil de encontrar y de comprender, pues no se queda quieta ni en una misma forma ni en una misma pasión, sino que siempre está cambiando"

V

Agustín: “De anima humana no parva quaestio est”.

VI

Lope de Vega:

Entro en mí mismo para verme, y dentro
hallo, ¡ay de mí!, con la razón postrada
una loca república alterada,
tanto que apenas los umbrales entro.

VII

Descartes creyó haber resuelto la cuestión del alma cuando con su famoso Cogio, ergo sum. El alma se identificaría con el pensamiento y de ella tendríamos un conocimiento directo (intuitivo), mientras que el conocimiento del cuerpo y todo lo extenso sería derivado. Pero lo que hace, en realidad, es abrir las compuertas de un mar de polémicas.

VIII

Locke (Ensayo sobre el entendimiento humano) plantea la identificación entre identidad personal y memoria y lanza esta pregunta al aire: ¿Qué ocurriría si la memoria de un príncipe fuera trasladada al cuerpo de un zapatero?

David Wiggins (Identity and Spatio-Tempral Continuity, 1967): Parte de la hipótesis de un cerebro dividido en dos partes y se pregunta: ¿Si pudiéramos transplantar cada hemisferio cerebral a un cuerpo diferente de forma que cada cuerpo aislado pudiera recordar el pasado del primer sujeto e incluso hacer anticipaciones de futuro, qué pasaría?

Derek Parfit: Imaginemos la posibilidad de realizar una copia exacta del contenido del cerebro “X” y teletransportarla a una réplica exacta de su cuerpo. Imaginemos ahora las siguientes posibilidades: (1) El cerebro y el cuerpo receptores son inmediatamente destruidos. En este caso, ¿ha sobrevivido X a su réplica o ha muerto? (2) ¿Si el donante fallece en un accidente, ha muerto o sobrevive en su réplica?

H. Putnam, (Reason, Truth and History, 1981): Introducimos hipotéticamente un cerebro con todas sus ramificaciones nerviosas en un baño nutriente capaz de mantenerlo vivo. ¿Tendría este cerebro la consideración de persona? Imaginemos que estimulamos adecuadamente cada terminación nerviosa hasta conseguirle la percepción mental de un mundo inexistente. De hecho le estaríamos proporcionando un cuerpo y un mundo externo. Este cerebro no sólo vería, también sabría que está viendo algo con sus propios ojos, se sonrojaría, empalidecería, sudaría…

IX

De esta manera desembocamos en el solipsismo. ¿Si todo nuestro conocimiento es, en última instancia, producto de nuestra mente, cómo podemos afirmar la existencia de algo exterior a nuestra mente?

Las fotografías son de Arno-Rafael Minkinnen

jueves, 29 de junio de 2006

La vía del cielo

Hay imágenes de las que uno no puede desprenderse, porque se enganchan a la retina como la pez a las yemas de los dedos. ¿Será eso el arte, una patología de la atención? La mayor parte de las cosas que vemos se nos acumulan en la memoria, pero algunas se adhieren al presente de tal forma que van con nuestra mirada a donde quiera que vayamos. Es lo que me ha pasado con esta fotografía de Minkkinen. Llevo varios días sin poder librarme de la atracción del cielo.

Algún profeta de alguna religión del entusiasmo y de la vida debió predicar alguna vez la buena nueva de que el cielo se encuentra entre las piernas de la mujer soñada. Y si no es así, seré yo quien os convoque, hermanos míos, a la fe en estos misterios. Sólo para los piadosos está reservada la constatación feaciente de la resurección de la carne.

Así comió Zaratustra

Descubrimiento espectacular de Woody Allen en "The New Yorker". (Vía La Petite Claudine)

miércoles, 28 de junio de 2006

El comienzo del fin de la historia

A mediados de los años veinte del siglo pasado un emigrado ruso, joven, rico e irresistible, exprimía con pasión los restos salvados de su fortuna familiar en Berlín. Era un personaje singular que, a pesar de que se vio obligado a huir de su país jugándose la vida, siempre se confesó estalinista, aunque un estalinista convencido de que el capitalismo norteamericano era el estado final del comunismo soviético. Su vida en Berlín transcurría entre la filosofía y las mujeres. Quizás con las mujeres intentaba curarse las heridas del nihilismo filosófico. Si es así, parece que lo hacía con éxito. Entre sus amigos se encontraba Leo Strauss y entre sus parientes Wassily Kandinsky, su tio.

La vida le dio un vuelco fenomenal cuando se enamoró de Cécile Shoutak, una mujer casada, judía, que le pasaba una decena de años. Es fácil imaginar la el terremoto que sacudió la apacible vida familiar de Cécile cuando ésta decidió corresponderle. Reunidos en cónclave extraordinario y urgente sus parientes decidieron que alguien tenía que ir a cantarle las cuarenta al ruso aquel. Se eligió al hermano mayor del marido de Cécile, un hombre educado, pero contundente.

La entrevista entre los dos hombres tuvo lugar en algún lugar de Berlín. Desconocemos los detalles de la misma, pero sabemos que el comisionado regresó a rendir cuentas luciendo una amplia sonrisa.

Nada más verlo su mujer (cuñada y amiga íntima de Cécile Shoutak) le preguntó: “¿Has arreglado todo?”. Él, sin abandonar la sonrisa, le contestó: “No, no, ni hablar… escucha… él es mejor, mucho mejor que mi hermano. Ella tiene toda la razón.

El ruso era Alexandre Kojève y el comisionado, Alexandre Koyré. La entrevista entre ambos dio lugar a una de las amistades filosóficas más fructíferas del siglo XX. Poco después Kojève y Cécile abandonarán Berlín y se trasladarán a París, donde él seguirá las clases de Koyré hasta que lo sustituya como gran maestro de la logia filosófica francesa de la École Pratique des Hautes Études, encandilando, como es sabido a Bataille, Queneau, Aron, Lacan, Merleau-Ponty… y convirtiéndose sin saberlo en una de las fuentes de inspiración del existencialismo francés. El tema central de sus clases –mucho antes de que hubiese neoconservadores en los Estados Unidos- era “el fin de la historia”. De hecho esta idea atravesará el Atlántico en las maletas de algunos jóvenes discípulos de Leo Strauss que venían a Europa a conocer al gran Kojéve, como Allan Bloom o Francis Fukuyama. Para entonces Kojève había dejado de dar clases y se había convertido en un eficientísimo funcionario del gobierno francés, además de uno de los cerebros de la naciente unión europea. De hecho falleció de un ataque al corazón en el transcurso de una reunión del Mercado Común, el 4 de junio de 1969. Otro día hablaremos de su último enamoramiento, un año antes de su muerte, en Japón, y de cómo entre los pliegues del kimono de una geisha descubrió que lo de la historia aún iba para largo.

Las fotografías son de Arno Rafael Minnkinen

martes, 27 de junio de 2006

Teoría del no-lugar

Olivier Nottellet - Journal découpé (1998)

No pensaba yo que la no-cosa despertaría algún interés. Y, sin embargo, es el post que más quebraderos de cabeza me ha dado. Clara hasta me lanzó como cebo la idea del no-tiempo a partir del fin de la historia que, de darse, sería evidentemente, una no-historia. No he parado de morderlo. Así que, lo que pensaba que sería un simple post se ha me ha ido convirtiendo en un no-sé-qué (como, por otra parte no-podía-ser de otra manera).

También existen los no-lugares. O al menos eso es lo que sostiene Marc Augé. Pero, si lo entiendo bien, llama de esta manera más a lugares anónimos que a auténticos no-lugares. Si un espacio –un lugar- tradicional sería, por ejemplo, la plaza de un pueblo; un no-lugar, en el sentido de Augé sería un gran centro comercial. Si a la plaza la gente acudía a estar con gente y a compartir sus esperanzas y sus memorias, en los no-lugares augianos siempre se está de paso (son el metro, las autopistas, los aeropuertos...)

Augé: “'Si un lugar puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar

Massim0 Vitali se ha dedicado a fotografiar los no-lugares de Augé




A mí, no sé, no acaba de convencerme esta denominación, no puedo evitar encontrarle un cierto tufillo snob. Además, a quien primero oí hablar de algo semejante a un no-lugar no fue a un antropólogo, sino a un artista: a Robert Smithson, que se mató intentando dar forma a un “no-site”. Quizás por eso siempre he considerado a Augé -prejuiciosamente, sin duda- un impostor. Como me parece que los "no-sites" de Smithson están para ser vistos (o, quizás mejor, no-vistos), os presento alguno de ellos en completo silencio

Iba a concluir este post cuando he recordado que un amigo me preguntó una vez: “¿Dónde estamos cuando escuchamos a Mahler?”. No tuve respuesta. Ahora recupero mi perplejidad mientras escucho la Segunda, dirigida por Abbado, y os dejo en el aire la pregunta.

lunes, 26 de junio de 2006

Facetas de don Carlos Marx

De Carlos Marx, que yo sepa, no hay ni una sola estatua que lo muestre riendo. En todas muestra el mismo aire grave, casi épico, de una persona extremadamente seria que se trae entre manos asuntos de la mayor trascendencia. Vete a saber si una parte importante del declive del marxismo no se debe a ese exceso de gravedad marxiana. Sin embargo, aunque no frecuentes, tampoco son raras las muestras de humor en sus escritos. Dice, por ejemplo en La ideología alemana: “Hay que dejara un lado la filosofía; hay que saltar fuera de ella y afrontar como un hombre sencillo y corriente el estudio de la realidad… Entre la filosofía y el estudio del mundo real media la misma relación que entre la masturbación y el amor sexual”.

La vida de Marx, sin embargo, está plagada de ironías. Pondré algunos ejemplos:

Durante su estancia en la universidad de Bonn gastó mucho más dinero del que podía conseguir, cosa que, por cierto, haría toda su vida. Pronto formó parte del Club de la Taberna de Tréveris y rápidamente alcanzó su presidencia. La actividad básica del club era la bebida. Y Marx cumplió con tanta dedicación sus deberes presidenciales que fue encarcelado “por turbar la paz nocturna con escandalosas borracheras”. Cuando ni bebía ni se enzarzaba en riñas, en lugar de estudiar, escribía poesías.

Tras un año en Bonn, su padre decidió que debía trasladarse a Berlín. Y en el traslado se enamoró de la hermosa Jenny, de la que había sido amigo desde la infancia. El contaba 18 años, ella, que era de una posición social más elevada, 22.

Carta de Jenny: “Oh Karl, mi tristeza surge precisamente por el hecho de que tu bello, patético amor apasionado, tus descripciones indescriptiblemente hermosas, las arrebatadoras imágenes que conjuga tu imaginación y que llenaría de gozo a cualquier otra muchacha, sólo sirven para sentirme ansiosa y, a menudo, insegura. Si me entregara a semejante dicha, entonces mi destino sería de lo más horrible si tu ardiente amor llegara a morir, y te convirtieras en un ser frío y regañón (…) Por eso, Karl, es por lo que no soy tan agradecida ni estoy tan encantada con tu amor como debería; por esto con frecuencia me dedicó a las cosas exteriores de la vida y la realidad, en lugar de entregarme, como a ti te gustaría, al mundo del amor, perdiéndome y encontrando allí una más querida unidad espiritual superior contigo que hiciera posible olvidar todo lo demás.”

De los poemas de amor de Karl a Jenny

La miel reluce en tus manos / presuroso y a besos la robé…

Y así tengo que luchar / en la ardiente contienda del alma / para forzarme un camino hacia ti, / sin ataduras que me retengan

¡Jenny! Si tuviera las voces de las esferas, / y las harmonías del trueno, / mi amor hubiera rugido por el universo, / y los espacios infinitos temblarían, / y tu misma espantada huirías

(tu nombre) “me hiere como el tremolar lejano de los espectros

Poco antes de casarse, Jenny recibió en herencia una considerable suma de dinero en efectivo. Lo guardó en una caja con dos asas con la que viajaron durante la luna de miel. Si algún amigo acudía a visitarlos, colocaban la caja abierta sobre la mesa del cuarto para que tomara cuanto necesitaba. Pronto, evidentemente, quedó vacía.

Cursilada de E. Tierno Galván: “El matrimonio Marx parece una anticipación de la pareja que el socialismo busca: una unión en que la sexualidad se disuelva en el amor y la convivencia continua no engendre el resentimiento.

Concluiré con algunos datos de un informe secreto de la policía prusiana.

Tras presentar a Marx como el ideólogo y jefe del partido de los comunistas, el informante describe aspectos de su vida cotidiana que son de gran interés. En este momento tiene 34 años y se encuentraba viviendo en Londres. Ya había escrito el Manifiesto Comunista. Karl es descrito como un hombre de estatura mediana, con cabello y barba completamente negros y ojos enormes, penetrantes y flameantes. Se añade que su superioridad intelectual ejerce un poder irresistible sobre cuantos le rodean. En su vida privada es una persona en extremo desordenada y un mal administrador, que lleva una auténtica vida bohemia. El lavarse, peinarse y cambiarse de ropa constituyen para él actos muy poco frecuentes. Le gusta emborracharse. A menudo haraganea días enteros, pero cuando tiene mucho trabajo aguanta incansablemente día y noche. Su esposa, mujer culta y agradable (en este momento el hermano de Jenny era ministro en Prusia), por amor a su esposo se ha acostumbrado a esta vida. Tiene dos chicas y un chico, las tres criaturas son muy hermosas. Vive en una de las casas más miserables y más baratas de Londres, de únicamente dos habitaciones. En toda ella no se puede encontrar el menor rastro de mueble limpio y bueno; todo está gastado, roto y deshecho. Por doquier se acumula el polvo y reina el máximo desorden. En el centro de una de las habitaciones se encuentra una enorme mesa con manuscritos, libros, diarios, juguetes, ropa, cubiertos, papeles, ceniza… y todo envuelto en una densa nube del humo del tabaco y de la estufa. El sentarse es un asunto verdaderamente peligroso. Hay sillas que sólo se aguantan sobre tres patas, y otra, milagrosamente entera, es utilizada por las niñas, que juegan con ellas a cocinas. Y esta silla es la que se ofrece al visitante, aunque sin limpiar previamente los restos de las comidas infantiles. Nada de esto avergüenza a los Marx, que siempre reciben al visitante con la máxima amabilidad, ofreciendo con cariño todo lo que tienen. De esta forma uno se reconcilia con ellos, encuentra interesante su círculo, incluso original.

Israel Galván

Me escribe Ignacio Clemente: "Sólo te recomiendo que antes de morirte debes ver bailar a Israel Galvan". Me añade: "el jueves, si Dios quiere y todo sale bien, me voy solito a Luxemburgo en bus desde barcelona 3 dias por verle 2 horas. No puedo dejar de pensar en ese artista". Me he pasado por la página de Israel Galván a quien -te confieso mi ignorancia, Ignacio- no conocía y lo que he visto, efectivamente, me ha gustado.

El fin de la historia

Alessandro Bavari

I

Una de las leyendas más conocidas de la filosofía cuenta que Hegel, Schelling y Hölderlin, que compartían inquietudes revolucionarias en un internado situado a las afueras de Tubinga, se escabulleron de sus habitaciones en camisón y gorro de dormir la noche del 14 de julio de 1793. Una vez en campo abierto, levantaron en un altozano un “árbol de la libertad” en memoria de la Revolución Francesa y bailaron a su alrededor canciones revolucionarias prohibidas en Alemania, como la “Carmagnola” y “La Marsellesa”. Una versión añade que habían escrito en sus camisones “Viva Jean-Jacques”. No mucho antes un compañero suyo, Kerner, había metido en su mochila los escritos de Kant y autoproclamándose ciudadano libre del mundo se había ido a París a contemplar el futuro en primera fila. Cada 14 de julio Hegel brindaba por la toma de la Bastilla y por sus años mozos, sin importarle si los tiempos soplaban a favor o en contra de las ideas revolucionarias. Lo hacía con el mejor vino que podía conseguir, porque al Espíritu no se le pueden dedicar trivialidades y, si alguna autoridad retrógrada se sentía molesta, peor para ella.

II

El momento dramáticamente culminante de esta leyenda es aquel en el que Napoleón entra en Jena y Hegel lo contempla boquiabierto. Inmediatamente le escribió a su amigo Niethammer: “He visto al emperador –este “alma-del-mundo”- recorriendo a caballo la ciudad para revisar sus tropas. Es una maravillosa experiencia contemplar a semejante individuo, a quien, concentrado aquí en un punto geográfico concreto, a lomos de su cabalgadura, extiende su brazo sobre el orbe y lo domina. Este hombre extraordinario, a quien es imposible no admirar”. Aún estaba fresca la tinta de la última página de la Fenomenología del espíritu, que había sido escrita bajo el fragor de los cañonazos de la batalla de Jena. Hegel vio a sus propias tesis entrar en Jena a lomos del caballo de Napoleón.

Alessandro Bavari

III

Hegel estuvo toda su vida fascinado por la figura de Napoleón, “el gran profesor de derecho constitucional con cátedra en París”. Con frecuencia rememoraba en sus clases la famosa respuesta que le dio a Goethe cuando éste le preguntó si aún era posible escribir una tragedia en torno a la idea de destino. “¿Para qué queremos ahora el destino? ¡La política es nuestro destino!”.

IV

Si la Fenomenología del Espíritu relataba la verdad de la historia, Napoleón era su postrer capítulo. Se había acabado el futuro. Todo lo que quedaba por delante era la expansión del presente napoleónico.

V

El hegeliano Alexandre Kojève creyó, sin embargo, que Hegel se había equivocado en siglo y medio. El fin efectivo de la historia no lo habría impuesto Napoleón, sino el definitivo triunfo de la economía sobre la política y significaba, en definitiva, el triunfo de las demandas de confort sobre las preocupaciones metafísicas. Había llegado la hora del “Estado Universal y Homogéneo”.

VI

Como este blog me ha vuelto insolente, voy a corregir a Kojève. Sostengo que en realidad Hegel se equivocó en unos pocos años. Si hubiese tenido un poco más de paciencia hubiese encontrado la imagen definitiva del fin de la historia en la retirada de las tropas de Napoleón de Rusia. Esta retirada es la imagen de nuestro presente. Y antes de negármelo, pensad un poco en aquellos soldados completamente exhaustos, expuestos a los caprichos de la intemperie, los caminos intransitables, las comidas infectas, el peso de sus fardos inútiles, y la voracidad de los cosacos. Y, ahora, negadme que las hordas enrojecidas que hoy recorren Europa completamente derrotadas por el cansancio, los tour operadores y el clima y que se hacen llamar turistas, no os recuerdan a esos pobres soldados derrotados. Todos las hemos visto con paso cansino, despernados, muertos de sed, casi invisibles bajo el peso de sus mochilas, con ropas sucias y la piel quemada, atravesando nuestras ciudades de punta a punta en las horas más intempestivas. Todos los hemos visto porque hemos caminado con ellos, siendo uno de ellos, formando con ellos un ejército de derrotados por la agotadora tarea de gestionar nuestros deseos; un ejército de propietarios atónitos incapaces de comprender por qué demonios, vayamos a donde vayamos, siempre acabamos metiendo nuestra trivialidad en la maleta.

Alessandro Bavari

VII

El final de la historia ha tenido lugar cuando hemos comprendido que, si podemos hacer turismo, ¿para qué demonios necesitamos la cultura?

domingo, 25 de junio de 2006

Blogeando

Recorriendo el proceloso mar de los blogs he dado con estas dos imágenes en Trasteando



Moenia mundi

Estambul: murallas de Teodosio

Al leer “Modernitat fungible”, de Jordi Julià, vuelvo a encontrarme con una imagen recurrente de la postmodernidad: la de las ruinas del muro de Berlín. Esta metáfora de nuestro desconcierto colectivo se ha degradado en una fórmula al pretender dar cuenta de la sobre exposición del hombre contemporáneo a la incertidumbre. A esta nueva realidad sin compuertas Zygmunt Bauman le da el nombre de “modernidad líquida” (por cierto: ¿será lo líquido lo único no líquido de la postmodernidad?). En resumen: resulta que el hombre occidental se fue a dormir un día convencido de que dos y dos serían por siempre cuatro y se despertó en medio de la polvareda del muro, en un “mundo fungible” o “líquido”. Frotándose los ojos va a tientas, desconcertado, intentando reencontrarse con algo familiar, con alguna referencia orientadora. Pero si quiere despertar –nos dicen al unísono los profetas del presente- debe aceptar que en el nuevo mundo líquido hasta los puntos cardinales son juguetes del viento.

Lo que muchos teóricos de la postmodernidad ignoran es que la imagen de un mundo con las murallas derruidas no ha nacido en los textos de ningún postestructuralista francés, sino en los versos del “De rerum natura” de Lucrecio (3-14-17):

Nam simul ac ratio tua coepit vociferari
naturam rerum divina mente coorta,
diffugiunt animi terrores, moenia mundi
discedunt, totum video per inane geri res.

Estambul: Murallas de Teodosio

Pero si Lucrecio –señor Zygmunt- ya sabía que la modernidad –toda modernidad- es líquida, ¿qué es entonces lo que separa a la conciencia antigua de la moderna ante el espectáculo de una ciudad desprotegida? Fundamentalmente la frivolidad con que la postmodernidad organiza viajes turísticos a las ruinas de sus antiguas murallas.

La filosofía antigua no se proponía otra cosa que la teoría del límite del ser. Ya sabía que la empresa era compleja (ahí está el Parménides de Platón), pero optó, a pesar de todas las dificultades, por plantearse esta cuestión desde la afirmación del ser. Para Platón y Aristóteles, puesto que hay seres, es posible interrogarse por sus límites. Esta posición les permitía también observar la excepción desde la regla y la enfermedad desde la salud.

La filosofía postmoderna, por el contrario, intenta teorizar el ser del límite. E inevitablemente se pierde en el intento. No hay ser más escurridizo que el del límite. Puesto que no sabemos lo que es el límite –nos vienen a decir los postmodernos- nos resulta imposible atrapar al ser. Benjamín fue el primero en dejar constancia de que, a diferencia de los antiguos, nosotros preferimos contemplar la norma desde la excepción. O, dicho de otra manera, en nuestro mundo es la norma la que tiene que justificar su sospechosa normalidad ante el tribunal de la excepción.

Tres imágenes de Eva


Belkina

Belkina, una interesante fotógrafa rusa en Exigeant.

sábado, 24 de junio de 2006

Andrew Wyeth

Su Majestad el Rey de los Belgas

Hace algún tiempo Antonio Lastra me animó a comparar las primeras palabras del proyecto de Constitución Europea con las de la Constitución americana. Son estas:

  • Primeras palabras del Preámbulo de la Constitución Europea: “Su majestad el rey de los belgas"

  • Preámbulo de la Constitución de los Estados Unidos: “We the people…

Recordé el consejo de Antonio Lastra ayer leyendo Le Monde, que recogía el hallazgo en Katanga, una provincia del antiguo Congo Belga, de cientos de fotos de los tiempos coloniales tomadas por las compañías que explotaban las riquezas minerales del país. No me extenderé en detalles. Las imágenes que recoge Le Monde son bien explícitas. Sólo recordaré que el Congo fue administrado personalmente por Leopoldo II de Bélgica, es decir, por Su Majestad el Rey de los Belgas.

La historia pesa tanto en Europa que, si nos encadenamos a ella, podría dejarnos sin futuro. Así que hay que liberarse de una u otra manera de las redes de los reproches y decretar algo así como el día de la Amnistia de la memoria europea. No parece legítimo hipotecar el presente por los pecados cometidos por los abuelos no de los europeos, sino de algunos europeos. Si nuestra razón política es inevitablemente histórica, no veo cómo podríamos diseñar proyectos originales para el futuro sin practicar, de manera decididamente antisartreana, la desmemoria selectiva. Posiblemente los europeos no tenemos manera de decir "nosotros el pueblo" sin pasar previamente por los artesonados salones en los que se muestran los retratos de familia de Sus Majestades.

jueves, 22 de junio de 2006

Teoría de la no-cosa

Me ha impactado profundamente la campaña que viene realizando la Agència Catalana de l'Aigua con el lema "Les espècies més perilloses del mediterrani". No sabía, por poner unos pocos ejemplos, que una botella de plàstico puede tardar en degradarse 600 años y que los peces (quien sabe si la última lubina a la sal que nos comimos) ingieren los preservativos que lanzamos por los váteres o las bolsas de plástico, que confunden con medusas.
Me ha servido también para recuperar algunas ideas de una conferencia que di hace dos años en la Universidad Mazarik de Brno (Republica Checa) con el pomposo título de "La no-cosa". Las resumo acompañándolas de las visiones de Alessandro Bavari de quien otro día hablaré más despacio.

I

Las no so cosas son objetos materiales que no pertenecen ni al mundo de la naturaleza ni al de la cultura.

II

Son un estorbo creado por el trabajo, que de esta manera parece revelarse contra su pretensión inicial de facilitar el caminar del hombre. Con la no-cosa el trabajo crea contravalores. Introduce la paradoja en el ser.

III

La no cosa es un artificio cuyo valor de uso es negativo. Es el artificio rechazado, bien porque se le ha exprimido todo su valor de uso, bien porque se ha rebelado contra los proyectos del diseñador. La cultura busca denodadamente expulsarla de sí, porque le molesta su simple visión. Pero a diferencia de los productos naturales, que se reintegran con facilidad en el ciclo de la naturaleza y de las obras de arte, que inmediatamente forman parte del ciclo de la cultura, el mundo “descosificado” no tiene pretendientes.

IV

La no-cosa fue, sin embargo, resultado de un esfuerzo de diseño y, como tal, ganó su derecho a la visibilidad. Una vez devenida no-cosa, se aferra a esta visibilidad, aunque ha perdido por completo su valor de uso. En este sentido la no-cosa sitúa al diseño ante la consecuencia imprevista de sus pretensiones culturales.

V

En la actualidad el mundo del hombre ya no se puede explicar a partir de la dicotomía naturaleza-cultura, pues la no-cosa dejó de ser naturaleza al ser diseñada como objeto tecnológico, pero fue expulsada de la cultura al devenir un objeto “des-cosificado”. Las no-cosas pertenecen a un tercer mundo, opuesto a la naturaleza y a la cultura, y cuyo tamaño no cesa de aumentar.

VI

A las culturas sólo les gusta reconocerse en los objetos que fabrican.

VII

Una no-cosa es una paradoja es un absurdo cultural.

VII

Filosóficamente el término no-cosa es relevante al menos desde que Kant lo utilizara en la Crítica de la razón pura para designar “un objeto vacío sin concepto”, como sería el de un “objeto rectilíneo de dos lados.” Es, pues, algo que no tiene razón para ser, pero cuya imposibilidad de ser puede ser pensada. En la Metafísica de las costumbres aparece este término (“Unding”) en referencia al ideal de la paz perpetua y, también, en relación con el amor. Como no podemos amar porque queremos y mucho menos porque debemos, la del deber de amar es una idea absurda (Unding). El término es posteriormente recuperado por Brentano, desarrollando la tesis de la intencionalidad, para hablar de una representación que no es una representación de esto o de aquello, por ejemplo un color que no es ningún color concreto.

VIII

Una no-cosa no es un desecho. Todos los animales generan desechos que más tarde o más temprano se reintegran de manera armónica en los ciclos naturales. Incluso podemos decir que los desechos animales forman parte de esos ciclos. Pero a la no-cosa se le ha exprimido tanto su valor de uso cultural como su valor de uso natural. La no-cosa es la criatura de Frankenstein

IX

Las no-cosas no tienen dueño. Nadie quiere reconocer su autoría sobre ella. Es necesario apartar la vista de ella porque su mera presencia produce una profunda herida narcisista en el optimismo del hombre moderno. Pero no hay un tercer sitio, aparte de la naturaleza o de la cultura, donde la podamos colocar. Por eso su presencia crea no-sitios que van en aumento, compitiendo con los espacios tradicionales.

Noches masnouinas III

I

A principios de los noventa tuve la fortuna de conocer a una mujer fascinante, Maria Aurèlia Capmany. Dirigía el Departamento de Publicaciones del Ayuntamiento de Barcelona, al que tenía por su "canonjía". Era lo suficientemente sabia como para reírse de sí misma. Nos caímos muy bien. Gracias a ella Jaume Marzal y yo y hicimos la historia de Barcelona en cómic que se llamó “Barcelona, la aventura de una ciudad”.

II

Ayer por la tarde estuve en otra canonjía, la del CETC (Centre d'Estudis de Temes Contemporanys"). Cuando fue canonjía convergente me publicaron “El criteri perdut” y ahora, que lo es de ERC, me han publicado “El neoconservadorisme americà”. Por tanto, gracias. Que de buen nacidos es ser agradecidos.

III

La diferencia más notable entra la canonjía de Maria Aurèlia y la actual del CETC (no sé cómo andan de ironía los gestores del Centre) radica en su capacidad de convocatoria. El acto de ayer, presentado por Enric Pujol, tenía por objeto mostrar las últimas publicaciones de la institución: Abel Cutillas (“Pensar l’art”), Jordi Julià (“La modernitat del món fungible”), Joan Vergés (“Les esquerdes del liberalismo polític”, así como "El neoconservadorisme americà" y los dos últimos números de la revista Idees. Notable el gesto folklórico del coordinador del número 27, "Catalunya, Euskadi, Espanya: Noves Transicions" al ensalzar las virtudes teóricas de esos partidarios de la dialéctica pesada que son Francisco Letamendía y José Manuel Castells. Había cuatro gatos (dicho esto sin la mínima intención despectiva), aunque alguno muy notable.

IV

Al oir los nombres de Letamendía y Castells, comencé a darle vueltas a la idea de diálogo. Doy por sentado que el diálogo es algo esencialmente distinto de una negociación, porque en el diálogo a uno no le importa -¡qué expresión!- abrir su corazón y exponer sus flancos débiles, mientras que en la negociación lo decisivo es, precisamente, cubrirlos. Dicho de otra manera: un diálogo, para merecer ese nombre, debería ser diferente a una partida de ajedrez. Se me ocurrió que sólo estamos dispuestos a dialogar con aquellos que estaríamos dispuestos a invitar a cenar.

V

Me he leído de un tirón el ensayo de Cutillas, me parece magnífico. Lo encuentro muy por encima, tanto en el tono como en el contenido, de lo que se lee habitualmente "a casa nostra". El de Jordi Julià me espera a continuación. Promete. El de Joan Vergés requiere más tiempo. Uno no se mete entre pecho y espalda así como así un ensayo cuyos capítulos llevan títulos como "L'alternativa del contractualisme scanlonià. La qüestió de la raonabilitat". Pero tengo magníficas referencias de su autor.

VI

Aparece un artículo mío en La Vanguardia. Hablo, entre otras cosas, del liberalismo como de un espacio vacío. Lo releo y me corrijo a mí mismo. En realidad el espacio liberal es más neutral que vacío y, aún así, su neutralidad es gradual y selectiva, ya que se juega su éxito –notable- en su capacidad para vender verosímilmente al ciudadano la neutralidad del poder a cambio de su fidelidad cívica, lo cual, sin duda, esconde una paradoja que no puede por menos de explotar en añicos en las situaciones de crisis. A menos, claro está, que estemos hablando de los ingleses.

Las fotos, claro está, de los ParkeHarrison

miércoles, 21 de junio de 2006

Quizás un cuento chino...

Todo iba mal en China. A la larga sequía le siguió el hambre, y al hambre las enfermedades y el descontento generalizado. Y los astrólogos no paraban de anunciar nuevas catástrofes. En tiempos inmemoriales se había recurrido alguna vez a un recurso extremo en casos tan desesperados como el presente, pero era, sin duda, muy extremo: El sacrificio del emperador. Sólo la sangre del emperador tenía el poder de modificar el destino de su pueblo. Pero el emperador era demasiado débil. Por eso, cuando a palacio ya no llegaba el agua corriente y comenzó a escasear el vino en la mesa de los nobles, sus propias mujeres le recordaron su deber. Pero él era demasiado débil. Sólo cuando la comida de palacio comenzó a racionarse (para todos excepto para él, evidentemente), tomó una decisión. Ordenó a su barbero que un día, sin previo aviso, lo degollara. Eso sí el tajo debía ser limpio, certero y rápido. “Mátame, te lo ordeno, cuando menos lo espere”.

El barbero, un hombre anciano, silencioso, diligente y meticuloso, inclinó la cabeza. Sin decir nada empuñó la navaja y comenzó a afilarla como hacía cada mañana. El emperador, muy pálido, con la respiración entrecortada, cerró los ojos. Siguió con la máxima atención cada sonido producido por el barbero y cuando sintió el frío contacto del filo de en la garganta, comenzó a rezar. Aquel día no ocurrió nada... excepto las noticias desagradables que se acumulaban. Estaba tan disgustado que hasta renunció a la cuarta comida. Tuvo una noche agitada, cargada de pesadillas inquietantes. Se despertó muy temprano pensando en el barbero. Y cuando estuvo ante él volvió a sentir el mismo pánico que el día anterior. O quizás su angustia era ligeramente mayor. Pero tampoco pasó nada esta vez... si descontamos a los mensajeros que se presentaron anunciándole que el khan de Mongolia se había sublevado o a los varios criados de su confianza que aparecieron asesinados o a los dos astrólogos que se arrancaron los ojos. A la mañana siguiente, de nuevo la agónica rutina. El contacto con la navaja le resultó sin embargo, más frío y comenzó a temblar. Pero tampoco pasó nada… excepto el anuncio de deserciones en masa en el ejército ante la llegada inminente del enemigo y que dos de sus concubinas se habían abierto las venas. Apenas probó bocado aquel día. Por la noche durmió de forma intermitente. Con los primeros rayos del alba tomó la decisión definitiva. Se bebió el último whisky que quedaba en palacio y mandó llamar al jefe de la guardia, al que le ordenó escuetamente: “¡Que ejecuten a mi barbero. Y deprisa!”.

Julen Madariaga

El 25 del pasado mes de abril el diario “Sud Ouest” publicaba una entrevista con el ahora detenido Julen Madariaga de la que extraigo una pregunta y una respuesta

Combien de temps une organisation comme ETA peut-elle survivre dans l'inactivité ?

Ce processus peut en effet s'étaler sur plusieurs années. Reste à savoir, si c'était le cas, comment ETA pourrait résister à la pression financière sans avoir recours à ce qui est communément appelé "l'impôt révolutionnaire" , prélevé dans la société basque. Ceci, sachant qu'il contribue au soutien des prisonniers, des réfugiés et des exilés, et aussi au maintien des clandestins. Ce sont des paramètres qui doivent forcément entrer dans les discussions ETA-gouvernement(s). On peut penser que cela a déjà été discuté. C'est une question bien réelle qui pose problème, qu'il faut aborder de front, y compris du côté de l'opinion publique.

Via Európolis

Phil Toledano, de nuevo.

Para hacer justicia a Toledano, vamos a dar a Ártemis lo que es de Ártemis y al artista lo que es del artista.

Dándole los últimos retoques

Saldrá en septiembre: